En este blog podrás encontrar materiales, vínculos y recursos diversos para apoyar una práctica educativa con una visión humanista, y enfocada hacia la eliminación y prevención de la violencia de género.

jueves, 14 de julio de 2011

Sexo y género en la educación

Autoras: Azucena Muñoz y Branca Guerreiro
Hablar, hoy en día, de discriminación sexual en la escuela parece innecesario. Pensamos que la igualdad de las mujeres y hombres está asegurada por la obligatoriedad  (1970) de la educación mixta en escuelas sostenidas con fondos públicos en todas las etapas educativas. Sin embargo, en ella se siguen dando distintos modelos: desde los que mantienen una actitud discriminatoria “tradicional”, que implica tener unas actitudes y expectativas diferentes entre chicos y chicas hasta los que tratan de imponer y generalizar la cultura y valores masculinos considerándolos los óptimos y universales.http://www.nodo50.org/igualdadydiversidad/g_sexo.htm

Lamas, Marta. “La perspectiva de género”

Al tomar como punto de referencia la anatomía de mujeres y de hombres, con sus funciones reproductivas evidentemente distintas, cada cultura establece un conjunto de prácticas, ideas, discursos y representaciones sociales que atribuyen características específicas a mujeres y a hombres. Esta construcción simbólica que en las ciencias sociales se denomina género, reglamenta y condiciona la conducta objetiva y subjetiva de las personas. O sea, mediante el proceso de constitución del género, la sociedad fabrica las ideas de lo que deben ser los hombres y las mujeres, de lo que se supone es "propio" de cada sexo.
http://www.latarea.com.mx/articu/articu8/lamas8.htm

miércoles, 13 de julio de 2011

Alerta a profesoras y profesores
El lenguaje en las aulas mantiene invisibles a las mujeres
* Empecemos por evitar usar el masculino al referirnos a nosotras mismas
* El uso de la @ no soluciona el problema a nivel oral y menos el ideológico
Martha Gutiérrez Alvarez

La educación formal es una de las herramientas fundamentales para reproducir o corregir las desigualdades, por ello el aula constituye el espacio donde se aprenden, perpetúan o transforman las relaciones sociales entre los hombres y las mujeres.

En el proceso educativo el lenguaje desempeña un papel fundamental en la apropiación del mundo. Es a través de este último que creamos o negamos real o simbólicamente las cosas y las personas. Además, por ser el lenguaje una construcción social e histórica que influye en nuestra percepción de la realidad, cuando una persona habla se expresa tal como piensa.

Las normas gramaticales de nuestro idioma, al utilizar el masculino como genérico referencial para los dos sexos, han borrado la presencia de lo femenino, disimulándolo y ocultándolo bajo lo masculino, es decir, la fuerza del lenguaje expresa la sociedad y también la condiciona, limitando o promoviendo formas de pensar, actuar e interpretar la realidad.

Pese a que las mujeres nos hemos insertado en el mercado de trabajo, en gran medida gracias a la conquista de un mayor número de pupitres en los centros educativos de educación media y superior, no hemos logrado una visibilidad total en el lenguaje. Los rasgos sexistas del lenguaje, es decir, todas aquellas expresiones del lenguaje y la comunicación humana que invisibilizan a las mujeres, las subordinan, o incluso, las humillan y estereotipan, no se adecuan a la realidad social, que exige la equidad para ambos sexos y el reconocimiento de lo que las mujeres somos, hacemos y podemos aspirar.

A lo largo del proceso de aprendizaje, las palabras, ejemplos y actitudes de quienes participan en él nos ofrecen diferentes roles sociales y funciones laborales que pueden guiar nuestro futuro, lo cual no significa que se haga en igualdad o equidad de oportunidades para ambos sexos. La utilización del lenguaje influye en las oportunidades educativas que brinda el profesorado al alumnado, afecta la relación entre ambos y fomenta o resta oportunidades. La fuerza de las palabras es poderosa, lo que se diga, cómo y cuándo se diga, puede llegar a afectar al mundo mental y afectivo del alumno o alumna.

Basta reflexionar un poco acerca de la forma como el personal docente se dirige a su alumnado: comúnmente emplea un lenguaje que nombra más a los estudiantes varones y en menor medida a las mujeres. De igual manera sucede con las imágenes de los libros de texto, manuales y otro tipo de material didáctico, en donde impera una iconografía masculina. Inclusive en carreras donde predominan las mujeres, la actitud que prevalece, aunque sea de manera atenuada, es la de otorgar más relevancia a los varones, lo cual los prepara a ocupar puestos de más responsabilidad y estatus.

Sin importar muchas veces quién lo hace, sea un profesor o una profesora, ya en el salón de clase suele suceder, aunque la mayoría sean mujeres, que los adjetivos adoptan el género masculino. Inclusive el lenguaje empleado para abordar los contenidos programáticos, las actividades sugeridas y hasta los valores, hábitos y destrezas que se trasmiten a través del “currículo oculto” en el aula, no incluyen siempre a las mujeres.

Pese a que ahora se habla de alumnos y alumnas en los discursos políticos, la categoría de género no traspasa al lenguaje escolar, que nos sigue negando la visibilidad a las mujeres. Aunque los títulos profesionales incluyen ya la diferencia de género, el lenguaje pronunciado por el profesorado dentro de las aulas sigue omitiendo a la mujer. En este sentido me pregunto ¿cómo identificarse con una profesión si se habla de ella en masculino? ¿cómo imaginarse que se puede aspirar a una ocupación si desde el salón de clase siempre se utilizan ejemplos en donde el o la docente excluye la participación femenina en ella? En ocasiones se justifica la omisión argumentando que así se ahorra tiempo, trabajo, letras y espacios; en otras, al escribir se emplea la @, aunque esto no solucione el problema a nivel oral y menos el ideológico que subyace.

Incorporar el enfoque de género en nuestro idioma no se debe limitar al uso de los artículos "los" y "las" en el lenguaje, sino ir más allá con el empleo de los verbos de acción como trabajar, leer, organizar, mandar, etcétera, tanto para el colectivo masculino como femenino, y evitar los que denotan pasividad o tareas "feminizadas" como sonreír, lavar, acariciar, llorar, etcétera, sólo para las mujeres. De igual manera, incluir ejemplos gramaticales, como adjetivos, que abarquen todas las áreas del saber sin importar si tradicionalmente han sido para mujeres o para hombres. Finalmente, si se desconoce el género del sujeto, se pueden alternar barras o paréntesis, procurando que su uso no sea excesivo.

Resulta por demás evidente la existencia de jefas, contadoras, administradoras, gerentas, interventoras, notarias, juezas, médicas, científicas, escritoras, políticas, embajadoras, gobernadoras, secretarias de Estado, directoras de orquesta, senadoras, etcétera, y no sólo: “El cuerpo del hombre", "El trabajo del hombre", "Los derechos del hombre". Por eso, como un buen comienzo para trabajar el lenguaje de género en el aula, podemos empezar por evitar que nosotras las mujeres usemos el masculino, tanto los singulares como los plurales, cuando hablamos refiriéndonos a nosotras mismas. Evitar también el uso exclusivo del femenino para las profesiones relacionadas tradicionalmente con ese "rol femenino". Mostrar que las mujeres tenemos las mismas posibilidades de elección que los varones y no estereotipar las imágenes de niñas, muchachas o mujeres adultas o mayores en actividades, profesiones, deportes, con uso de material, herramienta, equipo o juguetes, relacionados en exclusiva con el ámbito doméstico, sino también con instrumentos o juguetes más creativos e ingeniosos. Es necesario también promover la imaginación y la sensibilidad en ambos sexos y presentarlos en actividades o habilidades equivalentes.

Los recursos didácticos empleados en el aula deberán ofrecer modelos positivos de mujeres ejerciendo puestos de responsabilidad: ingenieras, abogadas, directoras de empresas, diputadas, gerentas, etcétera, para contrarrestar los lugares comunes existentes. En todo caso, hay que cuidar que las figuras que representan alguna autoridad directiva, profesional o política, no sean siempre masculinas, sino que reflejen un equilibrio entre ambos sexos.

Es importante que el alumnado, en su proceso de aprendizaje, encuentre ejemplos y ejercicios en sus asignaturas que incluyan sujetos femeninos y masculinos. Y sobre todo no utilizar el genérico masculino como englobador de los dos sexos, porque con ello se sigue ocultando a las mujeres del lenguaje expreso y simbólico. Promover la utilización de ejemplos en donde aparezcan mujeres y niñas no tradicionales, resolviendo cuestiones importantes o en actitudes no pasivas. Las ilustraciones del cuerpo humano y su evolución deben incluir imágenes de cuerpos femeninos y masculinos. Cuando se trate de instrucciones para la resolución de ejercicios o exámenes, es preferible redactar directamente la acción: lee, escribe, reflexiona, etcétera, sin dirigirse solamente a un género.

Recordemos que con el lenguaje oral y escrito también se hace la equidad de género, no se trata de referirse exclusivamente a uno de los sexos sino de advertir que este mundo está formado por hombres y mujeres.Vale la pena reflexionar en que las mujeres sí hemos dejado constancia de nuestra presencia y nuestros actos en el mundo. Si se quiere transformar la cultura y promover que deje de ser sexista; dejemos de reproducir “mujeres invisibles” dentro del aula, y que éste sea un espacio que incorpore formas de representación incluyentes mediante los distintos lenguajes.

La autora es pedagoga, sexóloga y especialista en Educación Alternativa.
Correo electrónico: margutal@hotmail.com

Fuentes de Información:
1. Red de Desarrollo Sostenible de Nicaragua - RDS
Nicaragua. Guía "on line" para un uso no sexista del lenguaje.
2. Federación de Mujeres Progresistas. Guía sobre lenguaje sexista.
3. Ayala, Marta Concepción, Susana Guerrero y Antonia M. Medina. Manual del Lenguaje Administrativo no sexista. Editado por Área de la Mujer-Ayuntamiento de Málaga/ Asociación de Estudios Históricos sobre la Mujer de la Universidad de Málaga.



Había una vez en el país de los elefantes... una manada en que las elefantas eran suaves como el terciopelo, tenían los ojos grandes y brillantes, y la piel de color rosa caramelo. Todo esto se debía a que, desde el mismo día de su nacimiento, las elefantas sólo comían anémonas y peonias. Y no era que les gustaran estas flores: las anémonas- y todavía peor las peonias- tienen un sabor malísimo. Pero eso sí, dan una piel suave y rosada y unos ojos grandes y brillantes.

Las anémonas y las peonias crecían en un jardincillo vallado. Las elefantitas vivían allí y se pasaban el día jugando entre ellas y comiendo flores. “Pequeñas”, decían sus papás, “tenéis que comeros todas las peonias y no dejar ni sola anémona, o no os haréis tan suaves como vuestras mamás, ni tendréis los ojos grandes y brillantes, y, cuando seáis mayores, ningún guapo elefante querrá casarse con vosotras”.

Para volverse más rosas, las elefantitas llevaban zapatitos color de rosa, cuellos color de rosa y grandes lazos color de rosa en la punta del rabo.

Desde su jardincito vallado, las elefantitas veían a sus hermanos y a sus primos, todos de un hermoso color gris elefante, que jugaban por la sabana, comían hierba verde, se duchaban en el río, se revolcaban en el lodo y hacían la siesta debajo de los árboles.

Sólo Margarita, entre todas las pequeñas elefantas, no se volvía ni un poquito rosa, por más anémonas y peonias que comiera. Esto ponía muy triste a su mamá elefanta y hacía enfadar a papá elefante. “Veamos Margarita”, le decían, “¿Por qué sigues con ese horrible color gris, que sienta tan mal a un elefantita?¿Es que no te esfuerzas? ¿Es que eres una niña rebelde? ¡Mucho cuidado, Margarita, porque si sigues así no llegarás a ser nunca una hermosa elefanta!”

Y Margarita, cada vez más gris, mordisqueaba unas cuantas anémonas y unas pocas peonias para que sus papás estuvieran contentos. Pero pasó el tiempo, y Margarita no se volvió de color de rosa. Su papá y su mamá perdieron poco a poco la esperanza de verla convertida en una elefanta guapa y suave, de ojos grandes y brillantes. Y decidieron dejarla en paz.

Y un buen día, Margarita, feliz, salió del jardincito vallado. Se quitó los zapatitos, el cuello y el lazo color de rosa. Y se fue a jugar sobre la hierba alta, entre los árboles de frutos exquisitos y en los charcos de barro. Las otras elefantitas la miraban desde su jardín. El primer día, aterradas. El segundo día, con desaprobación. El tercer día, perplejas. Y el cuarto día, muertas de envidia. Al quinto día, las elefantitas más valientes empezaron a salir una tras otra del vallado. Y los zapatitos, los cuellos y los bonitos lazos rosas quedaron entre las peonias y las anémonas. Después de haber jugado en la hierba, de haber probado los riquísimos frutos y de haber comido a la sombra de los grandes árboles, ni una sola elefantita quiso volver nunca jamás a llevar zapatitos, ni a comer peonias o anémonas, ni a vivir dentro de un jardín vallado. Y desde aquel entonces, es muy difícil saber viendo jugar a los pequeños elefantes de la manada, cuáles son elefantes y cuáles son elefantas, ¡¡ Se parecen tanto !!